Repasando libretas antiguas me he encontrado con estos poemas de amor que escribí hace ya un tiempo, cuando estaba enamorada. He decidido dejarlos volar, liberarlos del cajón en que estaban y que quien sienta este sentimiento lo disfrute y lo haga suyo.

Espero que os gusten 😉

Llueve en Londres

Después de ti, después de tu calor,
después de tu mirada, después de tu alegría,
después de tus palabras.

El sonido de la aguja de un reloj
y el frío espantoso del silencio
en esta oscura habitación.

Después de ti quedo sólo yo,
con mi memoria
y esta bruma que me mata.

Llueve en Londres.

La sobriedad de esta ventana
enmarca el inmenso vacío
que tu ausencia ha dejado en mi alma.

El Támesis se estará llevando todo este agua,
pero muy a mi pesar, no puede llevarse mi llanto
ni el eco de tus palabras.

El Big Ben igual que tu recuerdo,
estará ahí, sobrio, impasible, eterno,
tras el manto de esta lluvia
que no pasa.

Llueve en Londres.

No es extraño.
Y lo estará haciendo en Trafalgar Square,
Borough Street, los campos que rodean Wimbledon,
aquellas casas blancas.

Y en la inmensa soledad
que esta tarde dibuja la luz tenue
que se cuela a través de la persiana
caigo con este tiempo.

Dejo que el Támesis se lleve mi corazón
bajo el Puente de Waterloo,
inundándolo de niebla, de melancolía,
romanticismo, nostalgia.

 

Hasta aquí:

“Hagamos de este banco nuestro banco eterno
con nuestras marcas de amor,
para que este sentimiento permanezca en el tiempo”-

Es lo que pretendo,
sin interrumpir tu charla,
acercándome en silencio.
Mientras tú hablas sin deternerte
amorosa y pausadamente
yo te miro sin escuchar.

“Ahora mismo soy perfectamente feliz”-digo para mí.

Y hasta aquí hemos llegado.
Hasta aquí.

Fruto de cada una de las cosas
que hemos hecho por acercarnos,
tanta emoción en cada contacto.

Yo que te estoy amando desde el fondo de mis manos,
voy llenando de ti todas las cosas que hago,
como las llagas sagradas.

Tú que me pones al filo,
con los sentimientos a flor de piel.

Tanto que parezco morir un poco.
Tanto que parezco abrazar a la vida,
como al viendo desde una colina.

Y en cada respiro vida,
vida que se derrama a borbotones,
tuya y mía.

Energía que se desprende y debilita,
que se pierde y que aniquila.

Regalo lleno de Sol.
Has estado dando luz
sobre los rincones de mis entrañas
hasta llegar al punto en que lo siento todo,
como una herida en carne viva
sobre el asfalto de Madrid.

Acechan voces a mi cabeza, impacientes:

“¿Será siempre así lo que siento
o este es el punto álgido y ya no hará más que decaer?
¿Será él? ¿Será él?”

¡Basta! No es el momento.
Ahora estoy demasiado ocupada
con ser feliz.

Y dioses olvidados esta noche
parecen velar por nuestra alegría.

El bateador:

Tú sin quererlo
has llegado a la conclusión
de que amas a este deporte
más que a nada.

Colocas la gorra
ajustándola sobre tu frente
a modo de tic nervioso
y cierras un poco los ojos.

Toda tu concentración está en ese golpe,
aprietas bien las manos sobre la madera.

Eres un buen bateador
aunque aún no te lo creas.

Y ahora viene tu oportunidad.
Ahí va mi vida
en esa pelota blanca muy bien cosida.

Y ¡zas! le pegas
con todo tu empeño.

¡Alegría! Mi vida
va por los aires.
Le has dado un buen golpe.

¡Vaya, chico, pareces conocerme
mejor que yo misma!

El viento da fuerte
sobre la bola que ríe a carcajadas
sin parar de dar vueltas en su ascensión,
más y más cerca del Sol
que ahora le pega de plano.

Ya no puede subir más
y mira entonces tranquila
a ver adónde caerá.

Y a todo esto tú corres y corres
adentrándote como un cometa
en la maraña de mis entrañas.

¿El premio?: escuchar mi chistes
y conocer mis defectos.

 

Escrito por Isabel Herrero

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